Todo empezó en Abaltzisketa, un pequeño pueblo escondido entre montañas, en el corazón del Parque Natural de Aralar. A los pies del monte Txindoki, donde la niebla se enreda en las hayas al amanecer, se levantaba el caserío Ermentañe: una casa que lo era todo para el pueblo. Allí se iba a tomar algo, a cortarse el pelo, a comprar un par de zapatillas… o simplemente a charlar. Fue también donde sonó el primer teléfono del pueblo — una línea que unía a las personas cuando la distancia todavía era silencio…